Ayer tuvimos el CÍRCULO VICIOSO de mayo. Los otros, texto de Fulgencio M. Lax, era la obra sobre la que giraba nuestra conversación.



El teatro es una gran mentira que esconde verdades como puños, nos obliga a enfrentarnos con un espejo y éste nos hace transparentes. La lastima es que esto se convierte en un enorme espejismo efímero. Pero si las palabras nos dejan una pequeña semilla en los más profundo de nuestro sentimiento y conseguimos que nos conmueva, que nos zarandee hasta sacarnos de nuestra zona de confort, nos hará reflexionar sobre nosotr@s y la comunidad que nos rodea. Habrá conseguido parte de su objetivo, parte de su ser.
En este texto de Fulgencio todo está desnudo. No hay personajes, no hay escenografía y «Se mezclan todos los significados y cuesta trabajo identificar las palabras.» Y ese es el fondo de la cuestión: ¿Qué ha sido del significado de las palabras? ¿Dónde está la verdad de las palabras?
Silencio, dolor, racismo, leyes, derecho, justicia, miedo, mentira, muertos, abusos, pureza, robar, exterminio, tumbas, historia, pensar, rencor, desprecio, convicencia, odio, educación, gritos, líder, inmigrante, maricón, putas, delincuentes, violadores, insultos, nosotros, ellos, patria, basura, negros, muros, riqueza, éxodo, memoria, verdad, gandul, solidaridad, amor, nada, angustia, sonrisa,…



Revísenlas en su hablar y escuchar diario, analícenlas. ¿Siguen significando lo mismo? ¿Siguen siendo validas para nosotr@s? ¿Para los otros?
Dejar vacío un texto para encontrar nuevas maneras de dejarnos desnudos, para que nos sintamos señalados como el rey que de pronto, después de múltiples engaños y miedos, se viese como era y como estaba, es una de las grandes virtudes, desde luego no la única, de este texto de Fulgencio M. Lax. Lastima que el mundo se haya quedado sin valientes que quieran asumir el riesgo de ponerla en escena, lastima que sigamos andando por la vida mirándonos los zapatos y dejando pasar la vida.
Tendríamos, como dice Fulgencio, que «pegar fuego a los teatros», quizás así consiguiéramos mantener la verdad de las palabras. Asi no habría la necesidad de tener que estar continuamente asistiendo a la barbarie de la confusión y la complacencia.


